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30 de marzo de 2012

Demuestran los efectos de los pesticidas en la desaparición de las abejas

El uso extendido de pesticidas daña las colonias de los abejorros (género Bombus) y las abejas (Apis mellifera), según dos estudios publicados por la revista Science.

Apis mellifera
Las poblaciones de los principales polonizadores han caído drásticamente en los últimos años, principalmente por un fenómeno conocido como síndrome de colapso de la colonia (CCD), más conocido como síndrome de desaparición de abejas.

Los investigadores han propuestos diferentes y múltiples causas sobre estos descensos poblaciones, como los pesticidas, pero hasta la fecha no se ha podido aclarar en qué manera perjudican a los insectos.

La biodiversidad del medio agrícola

La mayoría de los estudios realizados hasta la fecha sobre la biodiversidad vegetal de los ecosistemas agrícolas y las medidas que se aplican en España para conservar la diversidad en los cultivos extensivos de cereales (reducir la utilización de pesticidas y fertilizantes, restringir las prácticas agrícolas en ciertas fechas y dejar sin cultivar una pequeña parte de las parcelas) solo afectan a la composición florística local. Sin embargo, un estudio ha comprobado que la biodiversidad total del medio agrícola depende de factores que actúan a diferentes escalas espaciales.

Existen varios tipos de diversidad dependiendo de la escala considerada. Se habla de diversidad alfa cuando se estudia la riqueza de especies en un contexto local, como en un campo de cultivo; diversidad beta, cuando examinamos cómo cambia el número especies presentes a lo largo de un gradiente ambiental o geográfico; y diversidad gamma, si se estudia la diversidad en una región.

La investigación se ha realizado en 32 campos de cultivo de cereal de tres regiones agrícolas del centro de España. Se ha examinado cómo contribuyen a la diversidad total los componentes de la diversidad en las distintas escalas, y cómo estos componentes responden a diferentes factores, como la aplicación de medidas agroambientales, el tamaño de los campos de cultivo, la conectividad y el mosaico paisajístico.

24 de marzo de 2012

La "Gioconda" da las avispas

Las grandes colecciones —no solo las artísticas— guardan ejemplares sorprendentes. Y si no, que se lo digan a Lynn Kimsey, de la Universidad Davis de California (UC Davis). La entomóloga tiene un raro honor: ha descubierto una especie de avispa en Indonesia que ya figuraba desde los años treinta en la colección del Museo de Historia Natural de Berlín. El hallazgo recuerda a las sorprendentes reapariciones de obras maestras en los almacenes de los grandes museos.
Megalara garuda

El hallazgo se publica en la revista ZooKeys, y la investigadora estadounidense comparte el reconocimiento con Michael Ohl, del museo berlinés. No se indica quién pasó más penalidades. Si la que tuvo que recorrer la isla de Sulawesi capturando y clasificando ejemplares, o el que tuvo que revolver los almacenes del edificio alemán hasta encontrar el animal.

La Megalara garuda, que así se ha bautizado la avispa, debe su nombre a su gran tamaño (mega en griego). Garuda es el nombre de un animal mitológico indonesio, mitad águila y mitad humano. Su principal característica son las enormes mandíbulas de los machos, que son mucho mayores que las hembras. Como otros animales de similares características, se supone que una de las utilidades de este desarrollo es sujetar a la hembra durante el apareamiento.

Aunque no se la ha observado en libertad, pertenece al tipo de avispas cazadoras que inmovilizan a sus presas para poner en ellas sus huevos. Cuando nacen las larvas, se alimentan del animal que las hospeda.

De linces y hongos

Desde los años setenta del siglo pasado, la biodiversidad y, más concretamente, determinados grupos taxonómicos (mamíferos y aves) se han alzado como iconos de los programas de conservación. En España, entre 2003 y 2007 se destinaron a estos grupos de especies más del 75 por ciento de los presupuestos de conservación, de los cuales, más del 50 por ciento se dedicó a unos pocos mamíferos y aves rapaces. De hecho, la decisión de conservar este número reducido de especies parece estar legitimada por la sociedad, cuyo interés por proteger la biodiversidad recae exclusivamente en la especies carismáticas.

Nuestra afinidad innata por determinados seres vivos viene determinada por factores emotivos como la proximidad filogenética de los mismos al ser humano o la semejanza física con nuestros recién nacidos. De manera que se acaban aplicando criterios irracionales en la conservación de especies.

¿Podemos esperar que se conserven las especies mediante la aplicación de criterios meramente afectivos o emocionales, en vez de racionales o científicos? En este punto, surgen otras interesantes preguntas: ¿dónde empieza el sesgo, en la política o en la propia actividad científica? ¿Las estrategias de conservación no responden a criterios científicos o es que la información científica se encuentra también sesgada hacia determinados grupos de especies? Más del 50 por ciento de los artículos científicos publicados se centran en aves y mamíferos, aunque estos grupos representen solo menos del 2 por ciento de las especies conocidas en España. Si bien es cierto que son más fáciles de estudiar y monitorizar que los invertebrados o los hongos, no podemos aspirar a conservar la biodiversidad si conocemos solo menos del 2 por ciento de la misma.