Desde los años setenta del siglo pasado, la biodiversidad y, más concretamente, determinados grupos taxonómicos (mamíferos y aves) se han alzado como iconos de los programas de conservación. En España, entre 2003 y 2007 se destinaron a estos grupos de especies más del 75 por ciento de los presupuestos de conservación, de los cuales, más del 50 por ciento se dedicó a unos pocos mamíferos y aves rapaces. De hecho, la decisión de conservar este número reducido de especies parece estar legitimada por la sociedad, cuyo interés por proteger la biodiversidad recae exclusivamente en la especies carismáticas.
¿Podemos esperar que se conserven las especies mediante la aplicación de criterios meramente afectivos o emocionales, en vez de racionales o científicos? En este punto, surgen otras interesantes preguntas: ¿dónde empieza el sesgo, en la política o en la propia actividad científica? ¿Las estrategias de conservación no responden a criterios científicos o es que la información científica se encuentra también sesgada hacia determinados grupos de especies? Más del 50 por ciento de los artículos científicos publicados se centran en aves y mamíferos, aunque estos grupos representen solo menos del 2 por ciento de las especies conocidas en España. Si bien es cierto que son más fáciles de estudiar y monitorizar que los invertebrados o los hongos, no podemos aspirar a conservar la biodiversidad si conocemos solo menos del 2 por ciento de la misma.
